Reflexión después del Camino Lebaniego

Y bueno, parafraseando a la psicología evidencial básica, pues diré aquello de que cuando algo malo te suceda, tienes tres opciones: dejar que te marque, dejar que te destruya o dejar que te fortalezca, que traducido y llevado a la vida cotidiana es más o menos eso de  que ante cualquier situación solo te queda quedarte inmóvil y esperar que lo resuelva alguien por ti, darte media vuelta y pasar del tema o afrontarlo con un paso hacia delante, y ya dado ese paso pues intentaremos que con la suerte del Universo y también por supuesto poniendo de nuestra parte, salga más o menos bien a través de la dificultad o facilidad, fuerza o debilidad, antes o después, vida o muerte, placer o dolor, o una mezcla inconclusa de todas ellas y algunas más que sería largo mencionar, aparte de cómo utilicemos nuestra habilidad para aislar o multiplicar diversas funciones, sentimientos, propiedades o funciones diversas, intentando eliminar o sumar lo especifico, juzgando o no los pensamientos, las perspectivas o las consecuencias, porque todo lo tenemos dentro de ese saco de abstracciones, esas cositas que dentro nuestro utilizamos para sobrevivir cada día y que llamamos, entre otros nombres, alma.

     Y después del rollo que he soltado, diré que en este Camino Lebaniego, cuando tras pasar Cicera subía esos desniveles de hasta un veinticinco por ciento jurando en arameo, la sonrisa seguía estando en mis labios y me dio por pensar -mientras pedía perdón por despertar con mis juramentos a todos los animalicos del lugar- una vez más que nunca faltan momentos como ese, tanto en el camino de la vida como en cualquier Camino Jacobeo, Lebaniego o de otra clase o denominación que hagas, momentos durillos, bien sea por cansancio, el peso, esa rozadura, ese inesperado bajón o lo que sea, porque llegar llegan…

y en ello cada cual tenemos y vivimos esos momentos a nuestra manera, porque aunque parezca que esos momentos de bajoncillo sea algo global y parezca que todos estamos en lo mismo, a cada uno nos quiebra en lo propio, con diferentes circunstancias y estilo. Y sé de lo que hablo, porque personalmente cada vez y en cada día que estoy en el Camino hay momentos, aunque suelen ser segundos que intentan sorprenderte, en que me pregunto eso de “¿qué hago aquí?”. Pero como he dicho son segundos, porque automáticamente y sin tener que pensarlo, mi alma se revuelve contra mi mente y se encarga de responderle a esa liante de mente, y todas las dudas, preguntas y quejas salen corriendo dejándome tranquilo y con una sonrisa, porque estoy donde quiero y haciendo lo que quiero, punto, no hay ni habrá más. Simplemente disfruta ahora de la vida, porque no es un ensayo, es la misma vida…

     Y es que aunque no lo creamos, esa jodia emoción o sensación tan desagradable, tan puñetera que desearíamos que no existiera, a su manera es importantísima y necesaria, ya que nos da la oportunidad de sobrevivir, nos cuida y nos ayuda, aunque creamos lo contrario.  Lo que no hay que hacer es dejar que el abatimiento y la desesperación actúe a través de nosotros, pero si dejar que esas sensaciones tan contradictorias nos duelan y nos provoquen, porque simplemente se trata de utilizarlas como gasolina extra en un momento que necesitábamos, porque debes verlo como una invitación a la acción y no a la desesperación, ya que aunque el cuerpo diga “basta”, a la vez se activa una alarma en el cerebro, que responde preparando el cuerpo para la acción defensiva, liberando hormonas para agudizar los sentidos, acelerando el pulso, profundizando la respiración y tensando los músculos si es que a estas alturas los tiene más que tensos. Esta respuesta que suelen llamar “respuesta de lucha o huida”, es muy puñetera la jodia, porque solo surge y nos ayuda a defendernos de situaciones amenazantes, estresantes o agobiantes cuando estamos casi al limite.

    Y es que estar a veces al borde del limite, puede provocar en nosotros deseos de huir, el temor o el ataque por nuestra parte a lo que en verdad deseamos, e incluso a veces puede llegar a paralizarnos y resultar muy raro todo, pero por ello hay que mirarlo a los ojos porque es esa sensación agobiante la que nos salva, aunque resulte sorprendente creerlo, pero es así, porque es la que sacará de dentro de nosotros ese “chute” que estaba ahí guardado, algo con lo que no contábamos en esos momentos de reflexión e introspección que tenemos. Todos llevamos dentro una insospechada fuerza, que emerge muchas veces -¡ojalá lo hiciera siempre!- cuando la vida nos pone tantas veces a prueba… Si, seguiremos, pero para seguir caminando entonces tan solo para, respira, siente el dolor, siente el cansancio, siente el desanimo, siente lo que quieras, tan solo estamos realmente dándonos permiso, tiempo y espacio para parar, respirar, resetearnos y transitando por emociones y estados poder continuar. Así que sonríe, sonríe otra vez, piensa que estás donde quieres estar porque entonces no estarías ahí, respira, vuelve a respirar, sonríe, vuelve a sonreír y un pasito para adelante, los otros vendrán después…

     Una vez asumes lo que sucede, lo que hay que hacer es atreverse a que suceda lo que nos impulse a continuar, a subir, a bajar, a salir,  a renacer o lo que sea, para cada uno será algo particular, y aunque pensemos que el momento esta oscuro, también sabemos que hay un interruptor que enciende la luz, y sabemos como pulsarlo… Y si, claro que si, sientes el cansancio, sientes el agotamiento, pero también sientes que ¡ESTAS VIVO! Y que todo lo que sientes ESO ES VIVIR, porque lo que vives en ese momento, cansado y mirando las empinadas rampas que aun te quedan, es algo inherente a la vida, esa vida donde estar vivos consiste en tomar decisiones continuamente, aunque lo que pasa es que a menudo no nos damos cuenta de ello y tenemos la mente obnubilada por otras cosas. Así que cuando te sientas que no puedes más, como pensé yo subiendo el collado después de Cicera, en alguna de sus rampas de 25 grados de desnivel, grita al exterior, grita a tu alrededor tal como hice yo, si, gritar sin importarme si alguien me oía, aunque te puedo asegurar que salvo algún oso o algún lobo que hubiera por ahí dormido –y siento si lo desperté- no había nadie a la redonda, grita varias veces que si que puedes, proclama tu libertad y tu decisión de seguir adelante porque puedes y porque QUIERES hacerlo, y hazlo, porque realmente la dificultad que sufrimos en muchos momentos radica en la magnitud y la brusquedad del cambio, como golpe brusco que rompe tu digamos “normalidad”. Así que recuerda, puedes hacerlo, y si es necesario pues como hago yo cuando parece que las fuerzas quieren fallarme, sencillamente GRITA al mundo que si puedes, y continúa caminando.

     Siempre debes pensar, más que en la satisfacción de llegar al final de la etapa, de esos kilómetros que has caminado, que TÚ eres quien lo ha hecho, que has encontrado en ti esa fuerza que te ayuda a seguir caminando, y seguirás haciéndolo mientras te quede un aliento de vida. Recuerda cuando estés caminando, recuérdate que estas “aquí y ahora”, no más allá de las montañas que tienes a tu lado y en un pasado que simplemente “ya ha pasado”, así que recuerda “aquí y ahora” y no otro momento que ese. Aceptarlo con serenidad es pues, la mejor opción, ya que el único orden es que la vida es caos y movimiento, y nosotros en medio de todo ello.

     Y no esperes respuestas en esos momentos, porque la cosa va más de hacerte muchas más preguntas que de conocer las respuestas, nada va a transformar el Universo para ti según las ideas o necesidades que tengas, y aunque a veces puedes eludirlas, nadie va a pelear tus batallas salvo tú, y seguirán ahí esperándote, ante lo que solo nos queda ir aprendiendo, adaptándonos, creciendo, renaciendo y viviendo, a pesar de los golpes y de los esfuerzos a veces vanos, con nuestras cicatrices y todo lo demás, con nuestra fortaleza o fragilidad, sean pérdidas o ganancias… Si, es esa palabra que estabas ahora pensando al leer estas líneas, RESILIENCIA la suelen llamar, aunque tiene el nombre que tú quieras darle, y que es esa aceptación realista de los hechos al tiempo que también una comprensión de las posibilidades de cambio o no cambio, siempre con esperanza y una sonrisa, en un mundo en el que realmente vemos que nada es como es aunque será y seguirá siéndolo, pero donde tu fuerza interior tiene la última palabra, esa fuerza que no tiene porque mostrarse brutal y amenazadora como de eso que tanto hay ahí fuera, pero si intransigente y serena para mantener la esperanza en lo que amamos y tenemos dentro de este bendito Universo donde cada cual somos, para bien o para mal, un mundo distinto…

   Vivir es aprender a seguir viviendo a pesar de todo el dolor que nos provoca seguir viviendo, donde debemos aceptar que perderemos lo que teníamos, y a veces aquello que ni tan siquiera llegamos a tener, y a pesar de todo ello, asumiendo el miedo y el dolor, no nos queda otra que seguir caminando y seguir sonriendo… Y bueno, esos son una pequeñita parte de mis pensamientos, con ellos he vivido, vivo y seguiré viviendo y caminando, asimilando que la paz no se puede mantener por la fuerza, solo se puede conseguir por la comprensión. 

CUIDAROS MUCHO. UN ABRAZO Y ¡BUEN CAMINO SIEMPRE!

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